La música de Jean-Michel Jarre hipnotiza a Liébana

El planeta Tierra, fracturado como un huevo, oculta una calavera en su interior. Esa es la imagen de portada de Oxygene 3, el último álbum de Jean-Michel Jarre, y la inquietante imagen que Damián lleva tatuada en su pierna. Viajó a Potes desde Jaén únicamente para ver a su ídolo. Por ello, no pudo contenerse; gritó y levantó los brazos cuando los haces de luz que se proyectaban al cielo de Liébana desde el suelo del monasterio anunciaron la entrada del músico francés al escenario. Como un ilusionista jugando con lo increíble, el artista transformó ayer un lugar sagrado, de silencio y espiritualidad, en una celebración de rayos láser, imágenes en 3D y melodías formadas por decenas de sintetizadores. Un espectáculo que fue más allá de lo musical, acercándose al hipnotismo y la evocación de lo desconocido, distando de ser simplemente una pista de baile.

El músico de Lyon, con casi cinco décadas de carrera, compartió su pasión por lo electrónico con las 6.000 personas que llenaron el aparcamiento del monasterio, el doble de aforo que el fin de semana anterior, cuando el cardenal Carlos Osoro abrió la Puerta del Perdón y los Picos de Europa sirvieron de escenario natural para un artista acostumbrado a tocar en los decorados más inesperados del mundo, como las pirámides de Egipto, la Acrópolis de Atenas o la ciudad prohibida de Pekín. «Cuando subes por la carretera estrecha y, de repente, el paisaje se abre, es como si el monasterio y el cielo te dieran la bienvenida”, comentó un emocionado Jarre durante su visita a la zona el mes pasado.

Efecto internacional

«Quiero integrar el monasterio y el paisaje como parte del espectáculo”, había anticipado. Y ayer logró convertir el pequeño claustro que alberga el trozo más grande de la cruz de Cristo y destino de peregrinación en la catedral europea de la música electrónica durante dos horas. Era el efecto internacional que buscaba el consejero de Turismo, Francisco Martín, al afirmar que había que “dejarse de mirar el ombligo” con el Año Jubilar. Si en 2006 fueron Bruce Springsteen, Shakira y Marc Anthony los iconos de aquel Jubileo, esta vez Jarre y Enrique Iglesias serán quienes lleven la marca Liébana al mundo para alcanzar la meta del millón de peregrinos. De hecho, más de la mitad de los asistentes al concierto de ayer eran extranjeros o provenían de fuera de Cantabria. Como Sergio y su grupo de diez amigos que viajaron desde Asturias para escuchar a un artista al que es difícil ver tan cerca. «Estuve en el concierto que dio en Santiago en 2010, pero es muy complicado seguirlo en sus giras. Tiene un aura especial y trascendente que me fascina, sobre todo sus primeros discos. Aunque la mitad de mis amigos vinieron a Potes sólo por la fiesta», ríe.

Uno de los rostros conocidos que asistió al concierto fue Iker Jiménez, famoso presentador del programa Cuarto Milenio y reconocido admirador del músico francés, a quien invitó a comer en un restaurante de la zona el presidente de Cantabria, Miguel Ángel Revilla. Tampoco se perdió el concierto Kalina de Bulgaria, hija del zar Simeón II.

Jarre, a pesar de haber vendido más de 80 millones de discos en su carrera, no es un músico convencional. Y es perfeccionista. Tras ensayar el sábado por la noche hasta las cinco de la madrugada, volvió a hacerlo apenas cuatro horas antes del concierto. Más cercano a la investigación o a la alquimia de sonidos, siempre buscando nuevas fronteras entre las sinfonías y la electrónica, el hijo del compositor Maurice Jarre, ganador de tres Oscar por Doctor Zhivago y Lawrence de Arabia, entre otras películas, arrastra una legión de seguidores tan poco convencionales como él. José Ángel y Mari Luz están entre ellos. Él viste una camiseta oscura con una constelación de estrellas que señala los destinos de la gira de Jarre en 2010. Ella acaba de adquirir una conmemorativa del concierto de Potes, que presenta una curiosa fusión entre el nombre del músico, la figura de un oso pardo y la silueta de los Picos de Europa. Ambos son de Vigo y celebraron su luna de miel en Liébana hace años, así que no podían faltar al evento de ayer. «Es el tercer concierto que vemos de él. Nos encanta su puesta en escena y su misticismo. Está acostumbrado a tocar en escenarios tan increíbles como este, pero será algo especial», comentan.

En la fila de la tienda de merchandising, ubicada junto a la estación de autobuses de Potes, esperan Javier y Juan, de Madrid. Durante el viaje en coche aprovecharon para escuchar el último disco de Jarre. «No podíamos haber hecho mejor elección para conocer Cantabria. Su música está muy conectada con la naturaleza.” El primero apenas conoce a Jarre, contagiado por el fanatismo del segundo, que sigue la evolución de quien es considerado el padre de la música electrónica desde hace más de 25 años. «Transmite emociones y sus conciertos masivos son impresionantes. Estuve en el último en Praga y fue una experiencia increíble”, rememora.

Ese eclecticismo musical, capaz de absorber todo tipo de géneros y pasarlos por la licuadora del sintetizador, se refleja también en la personalidad de Jarre. Su filosofía de vida está impregnada de un cierto optimismo. La semana pasada, el cardenal Osoro se pronunció contra la época oscura que vive la humanidad, las guerras, el materialismo y la falta de solidaridad, en el mismo lugar que ayer fue tomado por la música electrónica. Pero el mensaje fue similar. «Nunca he perdido la confianza en el ser humano. Siempre ha existido miedo al futuro, siglo tras siglo, y a pesar de los momentos difíciles, ha habido avances. No soy pesimista. El lado positivo de la humanidad siempre prevalece, como la democracia ante los dictadores», afirmó el creador francés en su primera visita a Liébana.

La imagen de la calavera esperando a que la cáscara de la Tierra termine de romperse, como la del tatuaje de Damián, fue una de las más repetidas ayer en Potes. Llevarla en sus camisetas es Ricardo y Alexandro, de Zamora. «Jarre es un visionario. Hemos estado escuchándolo toda nuestra vida, pero nunca pudimos asistir a uno de sus conciertos. Él no toca en cualquier sitio. Es nuestra primera vez, aunque las entradas se agotaron tan rápido que tuvimos que recurrir a la reventa», cuentan con cierta resignación.

Ellos fueron los afortunados. Muchos otros se quedaron sin acceso a un espectáculo que, tratándose de Jarre, se siente como un encuentro íntimo con el artista. Cabe recordar que ostenta el récord mundial de asistencia a un concierto, con 3,5 millones de personas en Moscú en 1997 y 2,5 millones en París para celebrar el 200 aniversario de la Revolución Francesa. Las entradas en línea se agotaron en pocas horas. Por ello, cuando el Gobierno cántabro anunció que ayer se ponían a la venta las últimas 90, algunos optaron por sacrificar horas de sueño. «Abrimos a las 9:30 horas y había una chica que llevaba en la cola desde las cinco de la madrugada. Y estaba encantada», cuenta Ángela, una de las encargadas del punto de venta instalado junto a la estación de autobuses de Potes. Otros, como Aurelio, de Arriondas, intentaban vender las dos entradas de unos amigos que al final no pudieron viajar. «A ver si logro venderlas, aunque tenga que perder un poco de dinero», esperaba confiado junto a la taquilla de ventas.

Lleno en Potes

Desde allí salieron los autobuses lanzadera que, desde las seis de la tarde, se convirtieron en el único medio de transporte para subir desde Potes hasta el monasterio. Excepto para aquellos que prefirieron recorrer los tres kilómetros a pie por la nueva senda peatonal. El acceso a la misa del peregrino fue permitido a las doce de la mañana, pero a partir de las dos de la tarde, todo quedó cerrado para quienes no presentaran su entrada.

En Potes, la sensación de llenura era mayor que la del fin de semana anterior, cuando se abrió la Puerta del Perdón. Durante toda la semana se había anticipado la afluencia que el pueblo experimentó ayer. «Estamos completamente llenos en la posada desde hace semanas hasta junio. Y seguimos recibiendo llamadas preguntando por alojamiento. Es cierto que esperábamos más afluencia el día del comienzo del Año Santo, pero ahora se nota más movimiento», comenta Pamela, de Casa Cayo. El horario del concierto alteró ligeramente las rutinas de los restaurantes como Casa Susa. «No tenemos nada especial previsto, pero si la gente baja con hambre y quiere cenar, aquí no cerraremos, nos adaptaremos», aseguró Enrique, su propietario. Una situación inusual que anticipa un año intenso en Liébana, al menos si se cumplen las expectativas del Gobierno, dispuesto a alcanzar el millón de peregrinos.

Fuente original: www.eldiariomontanes.es

Publicado originalmente el 2017-04-29 07:00:00 por

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