«La IA jamás pondrá en peligro a los futuros Miles Davis y Rosalías»

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Casi cincuenta años han pasado desde que Jean-Michel Jarre (Lyon, 1948) alcanzó su primer récord Guinness al reunir a más de un millón de asistentes en un concierto en la Plaza de la Concordia de París. Esto ocurrió en 1979, en el aniversario de la toma de la Bastilla. Subió al escenario solo, rodeado de sintetizadores, como si simbolizara el fin del Antiguo Régimen y el inicio de una nueva era musical. Mick Jagger asistió y quedó asombrado. Una revolución francesa desde la perspectiva de la música electrónica. ¿No se sintió como Napoleón conquistando Europa? «De hecho, siento lo contrario. Ante uno o dos millones de espectadores, me siento más pequeño», afirma.

En ese tiempo, su padre, el renombrado compositor de cine Maurice Jarre, ya había ganado dos de sus tres Oscars con ‘Doctor Zhivago’ y ‘Lawrence de Arabia’. Ilusionado por la idea de que su hijo siguiera sus pasos, lo apuntó a clases de piano y, al crecer, él y su madre comenzaron a visitar el club de jazz más famoso de París, Le Chat Qui Pêche, donde conoció a Chet Baker. En ese instante, sus padres nunca imaginaron que su hijo se desviaría del camino, sobrepasando en cifras a los Beatles, Bruce Springsteen y los Rolling Stones con una música creada por máquinas, considerada una rareza en su época.

En 1981, este pionero de la música electrónica dominó las listas de jazz y clásica en Estados Unidos con su quinto álbum, ‘Magnetic Fields’, y alcanzó reconocimiento internacional al ser el primer compositor occidental en hacer giras por China. En 1986, reunió a otro millón y medio de espectadores en un concierto en Houston, celebrando el 25 aniversario de la NASA. Luego, en 1997, reunió a 3,5 millones de personas en Moscú, marcando la actuación más multitudinaria de la historia.

A los 77 años, el músico francés continúa rompiendo récords. En 2021, realizó un concierto virtual desde Notre Dame en Nochevieja, que atrajo a 75 millones de espectadores a nivel mundial. «Es curioso cómo se siente uno ante un público tan grande –resalta–, porque he actuado ante audiencias de distintos tamaños, y al final, todo depende de si se establece esa química misteriosa entre el público y el escenario. Es como una historia de amor, ya sea para doscientas o dos millones de personas».

Lo comprobamos este verano en España, donde ofrecerá «una sorpresa muy especial» en Madrid (Noches del Botánico, 3 y 10 de julio), Valencia (Marina Norte, 8) y Marbella (Starlite Occident Festival, 13), además de en Amnesia de Ibiza (5), para conmemorar el 50 aniversario del club y su álbum debut, ‘Oxygène’. Un disco que despachó rápidamente 12 millones de copias.

—Me resulta difícil creer que en esos macroconciertos no se haya sentido como un dios…

—Te lo aseguro, me invadía un profundo sentimiento de humildad. Recuerdo claramente el concierto en el distrito de La Défense, en París, en 1990, ante dos millones y medio de personas. Ese día rompí mi récord por tercera vez, pero en medio de la actuación, levanté la vista hacia atrás para ver si sucedía algo a mis espaldas, pues todos me miraban con interés. En esos momentos, me siento pequeño, como si no fuera parte de eso.

—¿Era algo que soñabas alcanzar de manera consciente?

—¡No! No tenía control sobre eso y jamás pude prever cuántas personas seguirían mi música. Para mí sigue siendo un misterio, pero al recordar, cuando empecé a dar conciertos a principios de los 70, siempre pensaba que mi música y la electrónica estaban destinadas a ser presentadas en espacios al aire libre, porque adquiere una dimensión diferente. Creo que lo que hicimos en esos espacios abiertos fue anticipar lo que hoy llamamos ‘raves’. Para mí eso es muy significativo, pues no ocurre en jazz o música clásica, que se han refugiado en teatros y espacios cerrados.

—Después de haber publicado más de veinte discos y llevar a cabo ideas tan innovadoras, ¿es más complicado ahora crear música original y sorprendente?

—Encontrar ideas nuevas no tiene relación con la edad. Siento la misma curiosidad que tenía en mi adolescencia. Sigue siendo un reto para mí y, además, no soy nostálgico. Lo que hice en el pasado pertenece al pasado. Al crear, siempre pienso que lo importante es el presente. El estilo ya es otro asunto.

—¿A qué se refiere?

—Observa a Almodóvar, Tarantino, Cervantes, Kubrick o los Beatles; parece que siempre hicieron el mismo libro, película o canción, pero no es así. Es su estilo, que refleja quiénes eran y su obsesión por hacer la obra perfecta. Ese es el objetivo de cualquier artista, que no depende de su entorno, sino de quién eres y de tu deseo de explorar. Por eso, no me resulta más difícil encontrar ideas innovadoras ahora que antes.

—Me refería a la avalancha de música nueva que se publica a diario en las plataformas digitales o la inteligencia artificial (IA).

—Tampoco. El acceso a la música hoy no significa que el talento se reduzca. Spotify o la IA no ponen en peligro a los futuros Miles Davis, Billie Eilish o Rosalías. Nunca lo harán. Además, creo que todas estas nuevas herramientas ayudan a democratizar la creatividad, lo cual es positivo. No creo que afecten el talento de los músicos venideros.

—¿Por qué cree que tuvo éxito con una música tan innovadora como la electrónica en los años 70?

—Porque desde el principio intenté encontrar un equilibrio entre la experimentación y la melodía. Venía de la música experimental al ser parte del Groupe de Recherches Musicales de Pierre Schaeffer, donde tratábamos de componer usando sonidos pregrabados y ruidos en lugar de notas. Eso fue revolucionario para la música del siglo XX, pero no olvidé la melodía. Quizás porque los franceses y latinos teníamos un enfoque más impresionista de la música electrónica, en el que la melodía siempre tuvo mayor peso. Esto es algo que luego heredaron grupos más jóvenes como Air o Daft Punk.

—¿Esa es la diferencia entre usted y otras bandas pioneras como Kraftwerk en Alemania?

—Creo que sí. Cuando comencé a hacer música electrónica, las bandas alemanas también eran un grupo de innovadores que utilizaban máquinas extrañas. Compartimos este origen, pero nos expresábamos de manera diferente. Kraftwerk y Tangerine Dream celebraban esas máquinas y tenían un enfoque más robótico, como si las máquinas nos controlaran. En Francia, nuestro enfoque era más impresionista, fusionando texturas con melodías.

—Hablando de ese «enfoque impresionista», se dice que la música electrónica nació a finales de los 60 o principios de los 70. ¿Cree que eso es un error?

—Sí. A menudo olvidamos que la música electrónica en realidad proviene de Europa, de países como Francia, Alemania, Italia y España, cuya tradición no tiene que ver con el blues, el rock o el jazz. Para mí, su origen radica en nuestra herencia de la música clásica y movimientos europeos como el Impresionismo y el Surrealismo, influenciados por artistas como Marcel Duchamp y Dalí, al combinar el sonido de un pájaro con un clarinete o el de una lavadora con percusiones. Estas ideas, en realidad, nacieron a principios del siglo XX y todavía hoy tienen impacto, pues algunas orquestas incluyen esos sonidos. Siempre traté de encontrar esta armonía entre la experimentación y la melodía, y no me ha ido mal.

—¿Nunca le interesó lo convencional?

—No sé qué responderte. Nunca pienso en esos términos. Siempre he hecho la música que quería hacer. Compongo para mí. Los artistas pueden ser generosos en otros aspectos de su vida, pero en el proceso creativo nos volvemos egoístas. Creamos para nosotros mismos y si luego a la gente le gusta… ¡Es una buena noticia! Además, hago música porque no sé hacer otra cosa. Me encantaría ser pintor, arquitecto o científico, pero lo que realmente disfruto es componer o concebir el mundo en términos musicales. Esa es mi vida.

Arriba: Jean-Michel Jarre en el estudio. Sobre estas líneas a la izquierda, el concierto que el compositor ofreció en las Pirámides de Guiza. A su derecha, en una imagen de 2020.

—¿Qué ha sido lo más emocionante que ha hecho?

—Al pensarlo, me vienen a la mente el concierto en las pirámides de El Cairo en 1999 (un evento de doce horas con proyecciones y música para celebrar la llegada del nuevo milenio) y el de la Ciudad Prohibida de Pekín en 2004, que fue increíble. Sin embargo, lo más emocionante fue la actuación en mi ciudad, Lyon, con motivo de la visita del Papa Juan Pablo II en 1986. Fue extraño tocar ante un millón de personas en las calles donde solía ir al mercado con mi abuela cuando era pequeño.

—¿Por qué cree que aún existe cierto rechazo hacia la música electrónica?

—Todos los estilos emergentes han enfrentado rechazo en sus inicios. El jazz fue menospreciado por la música clásica a principios del siglo XX, y el rock fue ignorado por el jazz en los años 50 y 60. Después, el rock se convirtió en parte de esa élite institucionalizada que descalificó la música electrónica. Lo curioso es que esta última es hoy la más popular, pero sigue siendo rechazada. Nunca la han situado al nivel de la música clásica o el rock. Asimismo, los instrumentos que comencé a usar se consideraban máquinas, no instrumentos. A finales de este año, publicaré un libro titulado ‘Máquinas’, donde recorro todos los instrumentos que he utilizado en mi vida, en una especie de historia de la música electrónica. Todos esos instrumentos son ahora muy populares, pero aún son vistos como máquinas. A pesar de que la tecnología está al alcance de todos, esa percepción perdura. Es algo curioso.

—¿Cómo le hacía sentir ese estigma al inicio de su carrera?

—Nada en especial, porque el rechazo es parte del ser humano, pensar que lo de ayer era mejor y lo de mañana será peor. Me recuerda el nacimiento de la fotografía, cuando los pintores repartieron manifiestos denunciando que las cámaras acabarían con el arte. El teatro también veía al cine como una amenaza. Cuando en 1971 introduje la música electrónica en la Ópera Garnier de París, algunos músicos clásicos intentaron desconectar la mesa de sonido para protestar, convencidos de que la música electrónica acabaría con las orquestas. Siempre es lo mismo.

—¿Cree que hoy sucede lo mismo con la IA?

—Sí, hay quienes dicen que la IA va a acabar con la creatividad. Es un disparate, nada reemplaza a nada. Debemos entender que la tecnología se adapta a la dictadura del estilo, y no al revés. Gracias a que se inventó el violín, Vivaldi hizo la música que hizo, y gracias a la electricidad, tenemos a Chuck Berry, David Gilmour y Billie Eilish. La creatividad no está determinada por las herramientas, ya sea IA, un sintetizador o un palo de madera, sino en cómo las usas. También en cómo desafías las reglas, como lo hicieron Manuel de Falla, Picasso o Miles Davis. Recordamos a estos genios precisamente porque no las respetaron. Ese principio debería estar en el ADN de los artistas.

—¿Cuál cree que ha sido su contribución a que la música electrónica dejara de ser un género minoritario?

—Nunca me lo he cuestionado, sería arrogante de mi parte. Cuando empecé, no tenía muchas referencias de música electrónica, así que me influyeron más el cine, la pintura, la literatura y la música clásica. Desde entonces he vivido tres grandes revoluciones y me siento afortunado. La primera fue la aparición de los instrumentos electrónicos; la segunda, la popularización de las computadoras y el mundo digital, y la tercera, la IA. Su surgimiento es la disrupción más significativa de las últimas décadas y la veo como una oportunidad.

—Y de todo lo que ha logrado en su carrera, ¿de qué se siente más orgulloso?

—De poder seguir conversando contigo hoy, después de tantos años, sobre el futuro.

Fuente original: www.abc.es

Publicado originalmente el 2026-05-15 10:43:00 por

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