JEAN MICHEL JARRE EN LA CHINA; FUE EL PRIMERO

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Julián Ruiz rememora sus polémicos conciertos en Porcelana a comienzos de los años ochenta.

A mediados de diciembre de 1979, Jean-Michel Jarré recibe una llamada del secretario general de la UNESCO, el senegalés Amadou-Mathar M´Bow.

El gobierno chino de Hua Guofen está interesado en que Jean Michel Jarre viaje a Pekín para llevar a cabo una serie de conciertos en la Porcelana comunista, solo tres años después de la muerte de Mao. Amadou-Mathar, quien había estudiado en París, sentía un afecto muy especial por Francia.

En la reunión en la sede de la UNESCO, el secretario general le informa a Jarre que Radio Pekín ha comenzado a emitir sus discos, desde “Oxygene” hasta el reciente “Magnetic Fields”. Jarre se llena de alegría, ya que había estado insistiendo durante un año y medio ante la embajada china en París para obtener la aprobación de sus conciertos.

Por otra parte, quedaba claro que Deng Xiao Ping era quien manejaba las riendas de la nueva economía comunista china. Ese mismo mes, China había adquirido varios aviones de Boeing y Coca-Cola había anunciado la apertura de una fábrica en Llevar a la fuerza.

El 13 de julio de 1980, un año después, Jean Michel Jarre y su esposa Charlotte Rampling llegan a Pekín. Su primer encuentro con las autoridades chinas ocurre en el Conservatorio de Música de China, situado en una de las calles adyacentes a la plaza Tien An Hombres.

EL PIANO ES DECADENTE

Jarre tomó la precaución de llevar consigo un par de sintetizadores para demostrar a los chinos cómo la electrónica había transformado la música. Los chinos estaban asombrados con los nuevos sonidos y se entusiasmaban con las “modernidades” occidentales.

El propio Jarre me contó que no había ni un solo piano acústico en el Conservatorio. Durante la revolución cultural, el piano fue culpable de la decadencia musical occidental. Al parecer, en toda Pekín, solo había dos pianos, controlados por el aparato cultural del nuevo régimen.

Esa misma tarde, Jean Michel y Charlotte asisten a un concierto de música sinfónica china. Jarre graba la música clásica china en un cassette para componer algo basado en la idea musical china, pero con sintetizadores. Por la noche, cenan con la señora Wuang, directora de la Radio nacional. Ella le menciona que más de medio millón de chinos ya conocen la música de Jarre, porque ha ordenado que se escuche como una inquietante novedad tecnológica en la cultura de un nuevo país en vías de desarrollo. Un cuento chino.

Dado que todo se eternizaba por la burocracia, Jarre no vuelve a China hasta febrero de 1981. Vuela en el mismo Concorde que Francois Mitterrand, quien estaba a punto de ser presidente de la República. El político le asegura que hablará con los chinos para que pueda actuar, al menos, en Pekín. Jean Michel le cuenta al presidente que su idea es adaptar un tema clásico chino y fusionarlo con sintetizadores. Algo complicado, ya que en la música clásica china no existen partituras de música.

En junio, Jean Michel regresa a Pekín una vez más. Ajusta los detalles técnicos con la enorme plantilla de funcionarios chinos, que son incapaces de entenderse entre sí. Las reuniones casi llevan al artista francés al borde de abandonar el proyecto. Le explica a Charlotte que esos conciertos serán más difíciles que organizar uno en la cara oculta de la luna. Hablando de Pink Floyd, Jean Michel quedó impresionado por la puesta en escena de “The Wall”.

Por supuesto, contrata a Mark Fisher como artista para lograr una puesta en escena espectacular. La participación de Mark en el proyecto motiva a Jarre, quien finalmente decide ofrecer dos conciertos en Pekín y tres en Shanghái.

SIN LUZ CHINA

Finalmente, el 15 de octubre de 1981, un avión especial despega de París rumbo a Pekín. Transporta 15 toneladas de material, con trescientas cajas etiquetadas y 70 personas a bordo. El avión llega a la capital china treinta horas después. En el aeropuerto, las autoridades chinas le obligan a formalizar y firmar una especie de contrato.

La decadencia del aparato comunista chino provoca el caos en la expedición. Para empezar, las autoridades no habían previsto suficientes habitaciones en el hotel donde los van a instalar. Tanto es así que Dominique Perrier, uno de los técnicos, pierde a su esposa en uno de los hoteles que han preparado improvisadamente.

Peor aún. Al llegar al Palacio de Deportes de Pekín, el equipo de Jarre se queda perplejo. No hay tomas eléctricas y sin electricidad no hay concierto. Finalmente, tiene que intervenir el ministerio de industria chino para solucionar el problema. Cada técnico francés tiene un técnico chino a su disposición. El problema es que a los chinos les vuelven locos las máquinas de café que ha instalado el equipo francés. En pocos días, ya no hay suministros de café ni de azúcar. ¿Quién decía que a los chinos les gusta el té?

Con rigurosidad dictada por las autoridades, hay dos revisiones técnicas generales cada día. La primera a las once y media de la mañana y la segunda a las cinco y media de la tarde. Jean Michel Jarre habla con el “buró” comunista y exige que las entradas sean gratuitas. Recibe un insultante no como respuesta. Aseguran que las entradas son muy baratas: treinta pesetas la más cara (tres francos y medio) y dieciocho pesetas la más barata (un franco y medio). Pero deben tener en cuenta que el salario medio chino era solo de cuatrocientas ochenta pesetas (cuarenta francos). A Jarre no le queda otra opción que aceptar. Dado el escaso número de entradas vendidas, Jean Michel, junto a su socio Dreyfuss, se asegura de comprar y regalar las ciento ochenta mil entradas de los tres días de actuaciones en Shanghái. A la vista del negocio, los chinos cobran seis pesetas más por cada entrada por razones impositivas, dicen.

PRESIDENCIA TIBETANA

Afortunadamente, parte del material de sintetizadores y equipo fijo del escenario ha llegado a tiempo desde Hong Kong. Llega la gran noche, el 21 de octubre de 1981. La mayoría del público está compuesto por soldados y funcionarios. Al final, el régimen había regalado las entradas.

Como todo va a ser grabado y tendrá una propaganda mundial, el régimen de Deng Xiao Ping coloca en la presidencia del Palacio de los Deportes de Pekín a Panchan Lama Ederni, el líder tibetano que había sido nombrado vicepresidente de la Asamblea Nacional para demostrar que China no estaba aplastando al pueblo tibetano.

Jarre estrena en Pekín el Fairlight, el nuevo dispositivo que puede secuenciar y samplear cualquier sonido. Sin embargo, el Fairlight falla debido a las constantes bajadas de tensión eléctrica. Incluso Frederic Rosseau tiene problemas al disparar las secuencias, que tocan notas diferentes. Un caos musical. El sonido es un desastre total. Al final del concierto, Jarre se entera de que más de dos vecindarios cercanos al Palacio de Deportes han estado sin electricidad para que los franceses tuvieran su suministro.

Jarre también se desmoraliza porque, a medida que avanza el concierto, la gente comienza a abandonar el recinto. Las autoridades le aseguran que es porque no querían perder los últimos transportes públicos, el único medio de regreso a casa.

Lo cierto es que es un juego caprichoso de propaganda. A Jarre le emocionaba ser el primer artista occidental que actuaba en China. Para el régimen chino, era una gran oportunidad demostrar al mundo que no estaban cerrados a él. Todo lo contrario: eran un pueblo moderno y abierto a este Marco Polo electrónico, con una sociedad receptiva a la última música de la tecnología. Puro matrimonio de conveniencia.

La única verdad es que los chinos no entendían en absoluto la música de Jarre. Ni los láseres, ni el sonido abrumador, ni la espectacularidad de la puesta en escena de Mark Fisher les hacían sentirse diferentes. Asistían a los conciertos por obligación. Esto se debe a que todo el equipo francés estaba bajo vigilancia especial.

El concierto del segundo día fue bastante mejor. Además, Jean Michel Jarre pudo tocar con la pequeña orquesta sinfónica de Pekín, uno de los fragmentos más famosos de la música tradicional china, “Pescando con los juncos al atardecer”. Todo un logro, aunque sonara todo desafinado.

Los diarios oficialistas chinos, al día siguiente, llamaron a Jean Michel Jarre el mago del sonido y la luz, el “gran maestro de la electricidad”. Pero el nuevo circo electrónico tenía que trasladarse a Shanghái. Les esperaban tres conciertos, los días 26, 27 y 28 de octubre.

Como había ocurrido en Pekín, un gran barrio de Shanghái se quedó sin luz para alimentar el estadio de sesenta mil espectadores. Ni regalando las entradas se llenó el estadio ninguno de los tres días. Incluso ni se despidieron de Jarre a mitad del concierto. Los pocos que se quedaban, quedaban fascinados con el sintetizador portátil de Jarre, e incluso su famosa arpa láser electrónica funcionó en Shanghái. En Pekín no había podido instalarse por problemas técnicos.

Al final, hay satisfacción general. Todos los conciertos han tenido un gran impacto en todo el mundo. Jarre había invitado a más de veinte periodistas de varios países. Los chinos le ofrecen la posibilidad de un sexto concierto en Pekín, dado el éxito propagandístico a nivel mundial. Pero Jean Michel prefiere comprar una moto oficial a un policía de Pekín por tres mil francos y regresar a París tras la pesadilla china.

En el avión de regreso, Jarre escribe el mejor tema de su álbum doble “The Concerts in China”. Lo llama “Souvenir de Chine”. Una semana después, Jarre y todos sus músicos entran al estudio para grabar realmente el disco. De las cinco pesadillas en China, solo pueden valer las imágenes grabadas en cine.

Jarre y su socio Dreyfuss habían perdido 5 millones de francos (sesenta millones de pesetas) en el viaje a China. Se tardó casi cinco años en recuperar el dinero de la aventura. Curiosamente, Jean Michel vuelve a China en marzo de 1994, trece años después. Fue algo aún más caótico, porque el concierto en Pekín se realizó en la Ciudad Prohibida. Me contó que fue mucho peor que la primera aventura. Los chinos habían perdido su virginidad y solo disfrutaban del dinero. Y compartió que había aprendido de un proverbio chino que decía: «El sabio puede sentarse en un hormiguero, pero solo el necio se queda sentado en él».

Aseguró que lo asociaba a su segundo viaje a China. Hace unas semanas, corrió el rumor de que Jean Michel Jarre había fallecido. Jarre está vivo y coleando. Las redes sociales lo habían «matado». No se puede predecir la muerte de Internet como aventuraba Jean Michel.

Fuente original: www.plasticosydecibelios.com

Publicado originalmente el 2020-04-07 11:15:00 por

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