«En los 60 ya supe que la revolución en la música no vendría del rock»

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Parece que Jean-Michel Jarre (Lyon, 1948) no ha estado involucrado en nada pequeño desde que, en 1979, logró su primer récord Guinness al juntar a un millón de personas en la Plaza de la Concordia de París. En ese momento, su padre, el renombrado compositor de cine Maurice Jarre , ya había recibido dos de sus tres premios Oscar por ‘Doctor Zhivago’ y ‘Lawrence de Arabia’; sin embargo, era evidente que su hijo lo superaría, ya que desde aquel histórico concierto, todo lo que ha hecho ha sido a lo grande. Ha logrado cifras que incluso superan a las de los Beatles, Bruce Springsteen o los Rolling Stones, a pesar de que su música, en aquel entonces, era considerada una rareza futurista, solo apta para entusiastas.

«La gente piensa que ‘Oxígeno’ es mi primer álbum, pero no es así; tardé diez años en lograr el éxito. Cuando lo lancé en 1976, la música electrónica aún no era vista como música legítima. Esta es una historia común: los compositores clásicos rechazaron a los primeros jazzistas, y estos a su vez a los rockeros iniciales. En mis inicios, el entorno del rock decía: ‘La música se crea con guitarras, bajos y baterías, y esto no lo es’. Eso es lo que me sigue emocionando: a pesar de ser la música más popular del mundo, aún se siente un poco ‘underground’», afirma.

A pesar de todo, Jarre continuó con su trabajo. En 1981, ocupó el primer lugar en las listas de jazz y clásica en Estados Unidos con su quinto álbum, ‘Campos magnéticos’ , y alcanzó una fama global al convertirse en el primer músico occidental en realizar una gira por China. En 1986, reunió a otro millón y medio de espectadores en un espectacular concierto en Houston para conmemorar el 25 aniversario de la NASA. Y en 1997, llevó la cifra a los 3,5 millones en Moscú, un récord que todavía se considera el más multitudinario de la historia.

A sus 72 años, el músico francés sigue estableciendo récords. El más reciente: su concierto virtual de Nochevieja en Notre Dame, que atrajo a 75 millones de espectadores a nivel mundial. «Más que cualquier otro que he realizado, donde logré conectar a un gran número de personas aisladas geográficamente mediante la realidad virtual . Es realmente interesante y ha cambiado mi perspectiva sobre el futuro», advierte, antes de compartir su más reciente proyecto: la banda sonora que acompañará la exposición de Sebastião Salgado en la Filarmónica de París, que presenta 200 imágenes del célebre fotógrafo tomadas en el Amazonas. Un proyecto diferente a todo lo que ha hecho hasta ahora, que se expandirá por Sudamérica y Europa y que ya ha sido publicado en disco.

Con su padre, el compositor de bandas sonoras para el cine Maurice Jarre

¿Cuál de todos esos grandes conciertos le emocionó más?

Es complicado decidir… Podría escribir un libro sobre lo que significó organizar cada uno de ellos. Tal vez el de la NASA en Houston, porque se había planeado que mi amigo Ron McNair, uno de los astronautas del Challenger, tocara el saxofón desde el transbordador espacial durante mi concierto. Luego, como saben, ocurrió el accidente y falleció. Fue un momento muy especial. También el que di ese mismo año en Lyon, mi ciudad natal, en honor a la visita del Papa Juan Pablo II, porque el escenario estaba exactamente en el mercado al que iba de niño con mi abuela. Fue un regreso a la infancia.

¿Persiguió conscientemente todos esos récords?

Es curioso, porque lo que importa no es la cantidad de personas, sino la conexión que estableces con ellas. Tocar solo con una guitarra ante 200 seguidores puede ser igual de intenso y emocionante que frente a 3,5 millones de personas, como me sucedió en Moscú. Cada actuación es un universo y depende de la química entre el espacio, el músico y la audiencia. Y eso es todo un misterio, la verdad.

Pero supongo que es difícil no sentirse como un dios…

Al contrario, me siento muy pequeño. Recuerdo el concierto de 1990 en el barrio de La Défense, en París, por el bicentenario de la Revolución Francesa. Estaba en aquel gigantesco escenario y, al mirar hacia atrás y ver 2,5 millones de personas, pensé: ‘No han venido por mí, esto sucede por otra razón detrás de mí’. ¡Te lo juro! Y de verdad creo que no se trata de mí.

¿De qué se trata entonces?

Intento ofrecer algo que me supere, de ahí las luces, imágenes, efectos visuales y el diseño escenográfico. En los 70 ya veía mis conciertos como antiguas óperas, donde los pintores y carpinteros del escenario eran tan relevantes como los músicos. Quiero que la gente experimente lo que sucede más allá de mi presencia e incluso de la música. Pretendo ofrecer más de lo que brindan bandas de rock como los Rolling Stones.

Concierto en Madrid en 2008

Daniel G. López

La música electrónica siempre ha estado muy conectada con la imagen…

Sí, por una razón sencilla. Los músicos acústicos suelen componer sus canciones para ser tocadas en vivo con una guitarra o un violín, pero nosotros no. La música electrónica se produce en un estudio con secuenciadores y ordenadores, y cuando se lleva al directo, los artistas necesitan encontrar un nuevo lenguaje que la haga atractiva en el escenario. Por eso creamos todo ese lenguaje a través de vídeos y efectos visuales.

¿Qué tiene de especial ‘Amazônia’ en comparación con esos grandes conciertos?

Nunca me interesó repetir un proyecto, por innovador que fuera. En este sentido, ‘Amazônia’ no es música electrónica ni nada que se asemeje a lo que he hecho anteriormente.

¿Qué es entonces?

Cuando la Filarmónica de París me contactó, fue un gran desafío, ya que la música era una parte crucial de la exposición, pero no buscaban una banda sonora. Tampoco se trata de una película ni de una exposición tradicional. Querían que la música interactuara con las fotografías, y yo decidí que no iba a hacer la típica música ambiental, sino algo que actuara como un contrapunto a las imágenes sin intentar explicarlas.

«Tocar solo con una guitarra ante 200 seguidores puede ser igual de intenso que ante 3,5 millones, como me ocurrió en Moscú»

¿Habló con Salgado sobre la música antes de comenzar?

Sí, porque quería recrear los sonidos naturales de la selva e incluir grabaciones del Amazonas seleccionadas del Museo de Etnografía de Ginebra. Quería acercarme a la selva de manera poética y evocadora, respetando sus contrastes. Los momentos de calma y de ruido, el pájaro que canta de forma dulce y violenta.

¿Recuerda qué sintió la primera vez que vio una fotografía de Sebastião Salgado?

En la primera ni sabía que era suya. Era el retrato de una mujer junto a una de sus famosas fotografías en las minas de Serra Pelada en 1986. Pensé: ‘¡Guau, esto es especial!’. Las imágenes en blanco y negro de los trabajadores que fueron al Amazonas atraídos por la fiebre del oro me impresionaron. Miles de hombres cargando sacos, empapados. Desde allí empecé a seguir su obra.

Su música fue calificada de «adelantada a su tiempo» en los 70. ¿Así la percibía usted?

No, aunque a finales de los 60 ya experimentaba con mi primera banda de rock, The Dustbins. En París, llegaban muchas bandas de rock extranjeras que me gustaban, pero pensaba que su música tenía raíces estadounidenses y que la revolución no vendría solo del rock. Luego descubrí la música electroacústica de Pierre Boulez, que era europea y nada tenía que ver con el rock. Después emergieron los primeros artistas de música concreta, como Stockhausen en Alemania y Pierre Schaeffer en Francia. Finalmente, comencé a fusionar la música electrónica emergente con el pop. En ese momento pensé que sería la música del futuro. Hoy en día, el jazz, el flamenco y la música clásica incorporan elementos de la música electrónica.

Habiendo establecido esos récords, ¿qué sueños le quedan?

El Covid y el concierto en Notre Dame me han transformado mucho. He comprendido que la realidad virtual me ofrece más posibilidades de las que imaginaba. Mis futuros conciertos serán diferentes. Integraré el escenario real con elementos virtuales… será una nueva etapa.

Fuente original: www.abc.es

Publicado originalmente el 2021-04-10 07:00:00 por

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