1999 – 2000 The Twelve Dreams of the Sun (Millennium Concert, Egypt)
Nombre del concierto: The Twelve Dreams of the Sun (Concierto del Milenio)
Fecha exacta del evento: 31 de diciembre de 1999 – 1 de enero de 2000
Ubicación: El Cairo, Egipto
Lugar o locación: Meseta de Guiza, junto a las Pirámides de Egipto
Músicos participantes:
Asistencia estimada: ~120.000 personas (público presencial) + millones vía TV/internet
Músicos participantes:
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- Jean-Michel Jarre (sintetizadores, dirección artística);
- Francis Rimbert (teclados); Christopher Papendieck (teclados, bajo);
- Joachim Garraud (DJ, teclados); Gary Wallis (batería, percusión);
- Frédéric Sánchez (diseño sonoro);
- Laurie Anderson (voces invitadas);
- Natacha Atlas (voz invitada);
- Amal Maher (voz solista egipcia);
- Yvan Cassar (teclados, dirección orquestal);
- Orquesta Sinfónica de la Ópera de El Cairo (Dir. Moustafa Nagui);
- Coro de la Ópera de El Cairo (Dir. Aldo Magnato);
- Conjunto Folclórico de Asuán;
- Conjunto Nacional de Música Árabe;
- Otros músicos tradicionales egipcios.
Con el cambio de milenio asomando en el horizonte, Jean-Michel Jarre recibió una invitación inesperada pero histórica: organizar el concierto de despedida de 1999 y bienvenida del año 2000 nada menos que en las Pirámides de Egipto. Aquel “Concierto del Milenio”, titulado The Twelve Dreams of the Sun (Los doce sueños del sol), se gestó en circunstancias singulares. En noviembre de 1997, un cruento atentado terrorista en Luxor había golpeado duramente el turismo egipcio. Buscando cambiar esa imagen negativa, la UNESCO –de la que Jarre era embajador cultural– y el gobierno de Egipto pidieron al artista que ideara un espectáculo monumental en Giza para Nochevieja de 1999. Jarre, que originalmente planeaba pasar un tranquilo fin de año con su familia, aceptó el desafío consciente de su magnitud: “Si logras hacer algo en Egipto, puedes hacerlo hasta en la luna”, diría más tarde, aludiendo a las enormes dificultades logísticas y burocráticas que enfrentó. Y es que montar un concierto hi-tech al pie de las milenarias pirámides implicaba lidiar con el desierto, con infraestructuras limitadas y con sensibilidades culturales en un país árabe.
Los preparativos tomaron meses. Un equipo internacional de técnicos, ingenieros y artistas –más de 1.000 personas– se instaló en la meseta de Giza durante tres meses para levantar el escenario y sistemas necesarios. El presupuesto fue colosal, cercano a los 10 millones de dólares, en gran parte aportados por patrocinadores y el gobierno egipcio. Se construyó un enorme escenario modular justo frente a las pirámides de Keops y Kefrén, respetando cierta distancia para no dañar el sitio arqueológico. La idea original de Jarre era deslumbrante: quería incluso colocar un piramidión dorado (un casco dorado) en la cúspide de la Gran Pirámide de Keops durante la medianoche, para que brillara con láseres como un faro del nuevo milenio. Sin embargo, las autoridades egipcias denegaron este pedido por motivos de preservación histórica. También se planearon proyecciones gigantes de imágenes sobre las pirámides, diseñadas por el escenógrafo Mark Fisher, pero una espesa neblina la noche del evento frustró en parte esa posibilidad – las proyecciones láser no se distinguieron con nitidez en la bruma desértica. No obstante, el espectáculo visual estuvo lejos de decepcionar: se instalaron baterías de lásers y reflectores a lo largo de la planicie, y un show pirotécnico de escala faraónica aguardaba el momento del cambio de año.
El concierto se concibió en dos partes: un set principal durante la noche de Fin de Año (desde las 19:00 del 31 de diciembre hasta pasada la medianoche) y un “Concierto del Amanecer” adicional al despuntar el 1 de enero de 2000. Esta estructura inusual –tocar casi hasta el alba– se inspiraba en la mitología egipcia: Jarre dividió el espectáculo en doce secciones denominadas “Dreams” (sueños), representando el viaje nocturno del dios Sol Ra a través de la oscuridad hasta su renacer al amanecer. Cada “Dream” era un breve interludio instrumental o un fragmento musical atmosférico que conectaba las canciones principales, dando un hilo narrativo conceptual al concierto. En lo artístico, Jarre combinó su repertorio clásico con composiciones nuevas y elementos locales. En la vasta lista de 37 piezas del set nocturno destacan clásicos como “Oxygène 4” o “Équinoxe 4”, pero también temas poco habituales en vivo (“Miss Moon”, “Millions of Stars”) e incluso estrenos. Introdujo, por ejemplo, una emotiva pieza titulada “The Sun” para el segmento final de la madrugada, así como pasajes dedicados a Egipto: un tributo a la legendaria cantante Umm Kulthum (donde la joven soprano egipcia Amal Maher interpretó un conmovedor canto en árabe a medianoche), y versiones especiales de “Salma Ya Salama” –canción egipcia popularizada por Dalida– adaptadas al estilo Jarre.
La noche del evento, el espectáculo estuvo a la altura de su ambición. Unas 120.000 personas se dieron cita en el área habilitada en el desierto de Giza, muchas de ellas turistas extranjeros que pagaron entre 50 y 300 dólares por la entrada (finalmente, en días previos se vendieron boletos más económicos, alrededor de $15, para atraer también al público local). La seguridad fue extrema: Egipto quería demostrar que un evento así podía realizarse sin incidentes, por lo que desplegó miles de policías y controles de detección de metales en los accesos. Conforme caía la noche, las tres pirámides fueron iluminándose con focos dorados y azules bajo un cielo tachonado de estrellas. A las 19:30, Jarre inició el concierto con “The Legend”, un breve tema ceremonial compuesto para abrir la velada, seguido de las campanadas electrónicas de “Bells”/“Je Me Souviens”. La monumental silueta de las pirámides en penumbra, contrastada con los primeros destellos láser y el eco de las secuencias de sintetizador, producía escalofríos entre los presentes. Jarre, ataviado con una galabeya (túnica tradicional egipcia) blanca para honrar la cultura local, saludó en francés, inglés y árabe: “¡Bienvenidos al amanecer del nuevo milenio!”, desatando la ovación multilingüe de la multitud.
La primera parte del concierto navegó por pasajes oníricos y contemplativos. Canciones como “Chronologie 6” y “Équinoxe 7” resonaron con un tempo algo más lento que en giras anteriores, enfatizando su cualidad cósmica contra el telón de fondo de las pirámides. Entre ellas, los “Dreams” –breves interludios como Dream 1: The Rock o Dream 3: The Tree– presentaban melodías misteriosas, con percusiones ancestrales y cantos pregrabados, representando metafóricamente cada etapa de la noche según la cosmovisión egipcia. La integración de músicos egipcios fue un punto alto: una orquesta sinfónica completa junto a coros locales, dirigidos por maestros de la Ópera de El Cairo, acompañaron a Jarre en varias piezas, aportando un esplendor sinfónico in situ. Por ejemplo, durante “Souvenir of China”, los violines orientales de la orquesta se fundieron con los sonidos de sintetizador, creando un puente musical entre Oriente y Occidente muy simbólico en aquella noche global. Asimismo, conjuntos folclóricos interpretaron ritmos tradicionales en los interludios: tambores nubios y flautas árabes sonaron entremezclados con bases electrónicas en ciertos “Dreams”, dando un sabor autóctono al evento.
Los minutos cercanos a la medianoche fueron pura expectativa. A las 23:50, Jarre inició “Gloria, Lonely Boy”, un corte rítmico nuevo que aceleró la energía de la audiencia, preparando el clímax. Luego, todas las miradas se dirigieron al reloj de cuenta regresiva proyectado sobre una estructura junto al escenario: la Millennium Countdown. Jarre detuvo la música momentáneamente mientras se escuchaba la voz de un niño contando “…5, 4, 3, 2, 1…”. Al llegar el ansiado “Happy New Year 2000!”, el cielo estalló en luz: un inmenso espectáculo de fuegos artificiales se elevó tras las pirámides, cubriendo la noche de colores inimaginables. Al mismo tiempo, todas las televisiones del mundo conectadas transmitían esa imagen – en decenas de países, la gente vio por TV cómo Egipto daba la bienvenida al 2000 con la música de Jarre de fondo. Sobre el escenario, Jarre y sus músicos entonaron “C’est La Vie” (una canción pop inédita cantada por Natacha Atlas) brindando por el nuevo año, mientras el público se abrazaba y lanzaba vítores multilingües. Fue un momento de unión global: además de los 120 mil presentes, más de 2 millones de personas siguieron el concierto vía streaming por internet –algo revolucionario para la época– y cientos de millones por la TV internacional.
Tras la euforia del Año Nuevo, muchos conciertos hubieran terminado; pero Jarre ofreció más música hasta el amanecer. Tras un breve descanso de la multitud (la organización incluso puso música ambiental tradicional para mantener a la gente despierta, mientras Jarre reposaba un par de horas), a las 4:00 am aproximadamente inició el Sunrise Concert. En este segmento, concebido para vivirse casi en trance bajo el cielo clareando, Jarre seleccionó piezas profundamente atmosféricas: “Ethnicolor” abrió con sus largos coros sintetizados, creando un ambiente casi religioso; luego “Oxygène 7” fluyó suavemente, seguida por la delicada “The Sun” (compuesta ad hoc para ese instante). Poco a poco, el horizonte empezó a teñirse de azul. A eso de las 6:00 am, mientras Jarre interpretaba “Hey Gagarin” con un groove suave, el primer rayo de sol del año 2000 asomó detrás de la Gran Pirámide. La imagen era irreal: el astro emergiendo justo a espaldas del escenario, iluminando a Jarre y a los músicos en un resplandor dorado natural, como si la naturaleza se uniera a la escenografía. Para cerrar, Jarre eligió “Eldorado”, un tema de resonancias optimistas, acompañado por todo el ensamble –orquesta, coros, banda electrónica– en un clímax sonoro. Al finalizar, ya con el sol del nuevo milenio plenamente sobre el desierto, un exhausto pero exultante Jean-Michel Jarre tomó el micrófono y se despidió: “Shukran, Misr! Merci, l’humanité! Bonne année 2000!”. La ovación fue estruendosa. Muchos asistentes rompieron en lágrimas de emoción acumulada, conscientes de haber vivido un acontecimiento irrepetible en una coordenada única de tiempo y lugar.
The Twelve Dreams of the Sun fue ampliamente cubierto por la prensa mundial, convirtiéndose en uno de los hitos culturales del cambio de milenio. Medios como BBC y CNN abrieron sus noticieros de Año Nuevo con imágenes del concierto en Giza. En Egipto, el evento se interpretó como un éxito diplomático y promocional: el presidente Hosni Mubarak felicitó personalmente a Jarre, diciéndole en tono jocoso que lo realmente “increíble” había sido lograr montar todo aquello en su país. La crítica musical se mostró dividida pero interesada: Billboard elogió la ambición del show y su fusión de tradición y modernidad en un escenario único; The Guardian apuntó que, más que un concierto, aquello fue un “ritual multimedia global” para despedir un milenio e iniciar otro. Algunos cuestionaron ciertos excesos: la revista Rolling Stone señaló que la parte central del concierto se hizo algo larga y dispersa para la audiencia televisiva, y que el énfasis visual a veces restó protagonismo a la música. Sin embargo, reconocieron la genialidad de Jarre al concebir una narrativa conceptual (los 12 sueños) para hilar tantas piezas diversas.
Para los fans y la carrera de Jarre, el concierto del milenio en Egipto representa un clímax en su faceta de creador de mega-eventos. En años posteriores, Jarre confesó que aquel fue probablemente el montaje más complejo de su vida, “más difícil que tocar en la Luna”, por todo lo que implicó. La logística aprendida allí sirvió para futuros conciertos internacionales (como en China 2004 o Mónaco 2011). También dejó anécdotas: por ejemplo, se supo que las autoridades egipcias exigieron a Jarre modificar la letra de “Revolution, Revolutions” para eliminar referencias políticamente sensibles, y Jarre accedió, demostrando su diplomacia cultural. El legado tangible incluye un doble álbum en vivo y DVD que inmortalizó la noche. Pero quizás lo más perdurable es la imagen simbólica del amanecer del año 2000 junto a las pirámides, con música electrónica francesa sonando – un puente temporal entre lo ancestral y lo futurista. Ese amanecer fue visto como un augurio de esperanza planetaria: marcó un momento de unidad global a través de la música. The Twelve Dreams of the Sun permanece así como una de las cimas artísticas y técnicas de Jean-Michel Jarre, el colofón perfecto a un siglo XX en el que redefinió las posibilidades de los conciertos al aire libre, despidiendo el milenio con un sueño hecho realidad bajo el sol naciente de Egipto.
Referencias:
- Jean-Michel Jarre Official Site. (2025). The Twelve Dreams of the Sun – 1999/2000 (Live) jeanmicheljarre.com. (Información oficial del concierto del milenio en Egipto).
- Jean Michel Jarre Fan Page. (2009, September 3). The Twelve Dreams of the Sun (Mega-concert, Dec 31, 1999) jmjarrefan.wordpress.com.
- Weber, D. M. (2007). Ringing in the Year 2000 at the Great Pyramids zoolook.nl. En BlahBlahCafe Jarre Forum. (Relato en primera persona de un asistente al concierto del milenio).